La última vez que entró en aquel local lo había hecho del brazo de una modelo húngara, derrochando euros y manifestando un grado de felicidad inabarcable para aquellos que no conocen el poder de los psicotrópicos. Dicha noche celebraba la concesión del premio más importante de la literatura catalana –no en trascendencia, sino en cuantía- por una novela partidista y satírica, deslustrada de toda objetividad y que semejaba a un presidente de derechas como el más maléfico de todos los dictadores. En el discurso de entrega había lamido todos y cada uno de los traseros de las autoridades, comenzando por el alcalde, hasta el último integrante de la editorial que le había dado la oportunidad de escribir su obra, sin alterar una coma del original, otorgando la libertad de expresión de la que hacen bandera infinitos referentes de la izquierda catalana y española -como si no fueran lo mismo.
Así, cuando pasó el umbral del club, las personas que allí depauperaban su existencia consumiendo se beneficiaron de la gratitud ilimitada que ofrecían los excesos de alcohol en la sangre del primero. Risas adornadas con saliva de centeno blanco agradecían la manga ancha de aquel tipejo sumido en un ambiente de grandeza desmesurada, quien otorgaba billetes a diestro y siniestro. La modelo que lo acompañaba trataba de coger todos los billetes que podía, escondiéndolos en el escote y otras zonas accesibles casi siempre.
Un año después la situación había dado un giro de ciento ochenta grados. Ni entrada apoteósica, ni derroche, ni drogas, ni modelo, ni nada de nada. Únicamente la misma avidez consecuente del síndrome de abstinencia por acondicionar el cuerpo a una naturalidad innatural.
La seguridad del local enseguida anotó, en ese computador de poca capacidad que tienen incorporado, que aquel individuo no era apto para ocupar un área determinada por un espacio de tiempo concreto. Así que asió al individuo por la gabardina hecha jirones y golpeándolo con un puño de hierro en la cabeza, hizo que rodara de puertas hacia fuera dando de bruces con uno de tantos transeúntes que a todas horas paseaban por las Ramblas.
- ¡Gilibollas! –el injerir grandes cantidades de alcohol hacía que no pronunciara la letra p-. ¡No sabes quién soy yo!
El portero del local hizo caso omiso dándole la espalda.
- Hay más bares abiertos –balbuceó.
Se había incorporado de manera torpe, asomando al rostro un gesto agrio tras el esfuerzo de alzarse del suelo húmedo de Barcelona.
Encorvado, el pelo ralo sobre la cara y los ojos intentando regresar a la órbita terrestre, dirigió sus pasos en pos de unos talones que habían llamado su atención, pequeños, curvatura perfecta, adornados por unas botas rojas de tacón alto, los cuales marcaban el paso con gran gracia y estruendo. La estampa que ahora se dibujaba era la de un tipo encorvado persiguiendo a un travestido de dos metros, de andar voluptuoso y poco paciente. No pasaron más de cuarenta metros antes de que la reina de la noche girara sobre sus pasos para atizar a aquel acosador que babeaba sobre sus medias de seda negra. Primero fue un bolso que dejó imprenta en la frente; luego un puño bruñido con pedrería fina y barata aterrizó sobre el pómulo derecho, dejando su mandíbula repleta de cráteres diminutos; para finalizar, y ya con nuestro protagonista de rodillas, la persona afecta a su mismo sexo aplastó el empeine derecho sobre el bacante.
- Así aprenderás, maricón –con tono andaluz se golpeaba el pecho altivamente-. Que yo soy un artista.
Mientras tanto, el dolor recorría el camino hacia el exterior, que vio pronto la salida a través de la boca. El vómito hizo retroceder a todas las personas que a su alrededor habían creado un círculo para observar cómo un marica de dos metros daba una paliza a un borrachuzo cualquiera.
- Tu buta madre. ¡Cof! –tosió sangre.
En un intervalo inferior a diez minutos había recibido dos palizas, vomitado, escupido sangre, y lo que era peor para su ego: no lo habían reconocido.
En efecto, el perfecto escritor progresista que hacía un año estaba en la cúspide de su carrera literaria, ahora se arrastraba noche tras noche por los locales de copas más aclamados de toda la ciudad, atravesando un sendero que comenzaba por los territorios más sibaritas y finalizaba desembocando junto al mar, en los locales paupérrimos de la Rambla.
A la mañana siguiente despertó como era costumbre en él desde hacía mucho tiempo. La brisa del mar golpeándole el rostro, el olor salino de la playa y el sonido del camión de la basura recogiendo la basura del paseo de la Barceloneta. Extraño, pensó, no es la primera vez que veo a ese barrendero.